Huecos hay en la Ciudad en los que se podrían plantar a poco que hubiera voluntad de hacerlo algún aprendiz de esbelto árbol. Y no se hace, o se hace tarde cuando la memoria de los ciudadanos ya hayan asimilado la tierra sin verde alguno. A nosotros, ver la tierra, desnuda con su color tierra (valga la redundancia) nos da grima. Cuánto beneficio nos daría si plantaran aquí un árbol. ¡Aunque sea un sólo árbol! Ni por ésas. Nuestros pensamientos no llegan, no pueden llegar, a la conciencia ni a la cabeza de los responsables que nos representan. Por eso creemos que el hueco, el pobre hueco sin vegetación, no tendrá sombra de un árrbol, a lo que parece, en muchos, muchos años.
En un centro comercial cuyo nombre omitimos, hemos visto un cubo blanco. Tal cubo no tiene los números del 1 al 6 en sus caras por lo que no nos sirve para jugar a los dados. Tiene -eso sí- unos enchufes que sirven para recargar en los móviles y en las tables las baterías gratis. Así vemos que casi siempre el cubo está rodeado de unos fieles seguidores que esperan, pacientemente, que sus celulares estén a punto para seguir utilizándolos. Unos deben ser clientes, pensamos, al ver las bolsas que acarrean con nombres de establecimientos varios. Otros, parecen más pobres y sin hogar que encuentran acomodo en los sillones allí puestos para leer noticias o ver, no sabemos qué, en sus móviles mientras éstos recargan. Pensamos cuánto bien sería que pusieran un cubo con enchufes para repostar con energía buena y barata nuestras cabezas vacías en las que caben cientos de cosas sabias.
Sabido es que un edificio es un edificio. Por ello nos ha sorprendido el cartel que en una casa, en los alrededores del Mercado de Vegueta, han puesto que no dice otra cosa. Edificio dice, en letras grandes, por si a alguien quedara dudas de que lo fuera. Lo analizamos y vemos que en letras pequeñas está también el nombre del tal edificio y, entonces, el cartel toma su forma: Edificio tal y tal. Y nos quedamos tranquilos y en paz con nosotros mismos.
Los fuegos artificiales pusieron el botón de oro a las Fiestas de la Ciudad. Esta vez, en contra de la costumbre, no tuvieron lugar en La Puntilla sino en la otra punta de Las Canteras en donde el Auditorio Alfredo Kraus parece querer cerrar la bahía. Fueron unos bonitos fuegos dignos de la ocasión, que, suponemos, el público congregado para verlos agradecerían. Nosotros los vimos desde una azotea de una casa de la zona y pudimos apreciar todo el juego de luces, blancas y de colores, acompañado por el ritual del ruido de los voladores. Las palmeras, como siempre, fueron lo mejor. Mientras, el cielo, contento, íbase llenando de nubecillas blancas...
Un cartel en Mesa y López nos anuncia las fiestas fundacionales de la Ciudad. Lo miramos con curiosidad a ver si nos sorprende dándonos algo distinto a lo que nos tienen acostumbrado. Y encontramos una mano tendida. Una mano ¿para qué? Y nos volvemos locos pensando. ¿Será para salvar un castillo? ¿Será un detente, un ¡quieto ahí! contra el pirata Van der Does? ¿Será un saludo afectuoso a la ciudadanía en la efemérides? Sea lo que sea en la ciudad está el cartel con su cañón recién disparado, como adelanto de los fuegos artificiales. ¿Alguien da más? Puede que sí.
La torre es un paralelogramo de seis caras (contando con el piso) rectangulares. Está en sitio bien visible en la salida de la ciudad por la costa hacia el norte según entramos en el puente. Aun estando bien situado, nos tememos que casi nadie lo ve y que si lo ven casi nadie hace caso a su poderoso mensaje. Al mensaje nítido y rotundo que tiene, con letras grandes y poderosas. Dice: SIN CO2. Nada más y nada menos. Quien lo ha puesto, quien lo puso más bien, -no un grafitero al uso- nos quiso advertir del mal uso de este enemigo peligroso, a la vez que aliado necesario. Seamos prudentes, nos dice el mensaje, No alimentemos a la fiera.
Nuevo concurso de Pintura Rápida en Mesa y López, y van veintisiete. O treinta y siete, vaya usted a saber. Ante nosotros se desplegaban caballetes y cacharros con pinturas, y otros utensilios estaban desparramados con orden por todas partes. Pintores consagrados y aspirantes a artistas se afanaban en plasmar en los lienzos aquellas estampas que traían en sus cabezas. Suponemos que incluso, algunos, se atrevían con la improvisación. Era un ajetreo bonito que a los curiosos nos tenía entusiasmados pensando cada quien, quienes entre los artistas se alzarían con los premios. Después de mediado el día, en un semicírculo en la plaza que se llamó de la Victoria colocaron, en sus atriles las obras para disfrute del público, y allí, esperando veredicto, estaban aquellos que esperaban una merecida victoria.