jueves, 30 de abril de 2026

El pleito

A lo mejor, el pleito insular hizo acto de presencia y las consecuencias nos saltó a la vista. Resulta que habíamos encontrado un libro en lo alto de un contenedor de papel que alguien dejó allí para lo llevara aquel a quien le pudiera interesar. Y a nosotros, a tenor del título, Los Símbolos de la Identidad Canaria, nos interesó. Y nos pusimos a ojearlo pasando como es lógico por las primeras páginas en las que se da cuenta de los organismos oficiales que participaron en el logro de su parto. Y al leer los nombres de los Cabildos que hicieron su aportación de conocimientos nos llevamos la sorpresa de que no estaba el Cabildo de Gran Canaria y sí los otros seis de las otras seis islas grandes. Tras ello, nos fuimos a buscar el nombre de la capital de nuestra provincia y de nuestra isla, o sea, el nombre de Las Palmas de Gran Canaria, y éste tampoco estaba. Y una sospecha nos encendió el alma: esto es cosa del pleito insular que ha vuelto, nos dijimos con disgusto. Disgusto atenuado al ver que no aparecía tampoco el nombre de Santa Cruz de Tenerife. Y ya se sabe que mal de muchos, consuelo es de tontos.

sábado, 11 de abril de 2026

La Portería




Al pasar junto a la iglesia de San Francisco, aquí en Las Palmas, pensamos, cerrando los ojos, que estamos ante el antiguo convento de los franciscanos. Estamos, creemos, al lado de la portería, pues no por casualidad la sagrada imagen de la Virgen que en esta iglesia se venera era conocida como Nuestra Señora de la Portería. Alzamos los ojos hacia la torreta y las campanas y dejándonos llevar a tiempos pasados, escuchamos las campanas repicar y nos decimos, como nuestro don Benito: "su son lo distinguiría entre cien que tocasen a un tiempo". Esta frase, llena de imaginación y de futuro está en el muro contiguo, en el muro del moderno conservatorio de música que por aquí, por donde el convento estuvo, construyeron, para la educación musical de nuestra juventud.

lunes, 6 de abril de 2026

Todos jugando


En la playa de San Cristóbal encontramos, jugando, a los callaos con las sebas. Jugaban al escondite, y, mientras las sebas subían y las sebas bajaban con la marea, los callaos -nada callados- se movían al ritmo de la suave música del mar. Más acá de donde estábamos, por donde el largo muro intenta poner coto al mar, las olas jugaban al salto de altura queriendo llegar hasta el cielo impulsadas por el suave viento, y llegaban, eso sí, hasta más arriba de nuestras cabezas dejando caer sobre éstas finas gotas de agua salada. Todos jugaban y nosotros también nos pusimos a jugar en un juego ilusionado.