El juego de cascadas con agua que tenemos en los Jardines Rubió es cosa buena, en esta ciudad tan rácana en fuentes. Nos vamos junto a ellas y vemos como el agua tras salir en lo más alto va cayendo de estanque en estanque hasta que, una vez completa la caída vuelve a fluir arriba otra vez dando una sensación de bienestar en este espacio privilegiado, Y es que, en este sitio el césped y los frondosos laureles de India que por allí cerca están, nos protegen de los calores de la tarde dándonos sensación de confort. Es una gozada, pensamos, y nos prometemos volver prontamente, y con frecuencia, pues es cuestión de no desaprovechar las cosas buenas.
La bicicleta, colgada de la pared del bar-cafetería, estaba tan modosita ella, tan bien puesta, tan chula, tan cariñosa, tan tierna... en las alturas. Era bicicleta de reparto a lo que pudimos ver o, más bien, bicicleta suministradora de víveres y de bebidas al bar. Era una bicicleta multiuso. A nosotros por un momento nos hubiera gustado más y a ella le hubiera venido bien, para ser perfecta, convertirse en mostrador en el que los parroquianos pudieran tomar ron del bueno con unas papitas arrugás. Ni más ni menos.
En el intercambiador de guaguas de "El Hoyo" y también en el de Santa Catalina unos mensajes elocuentes e importantes. Previenen ellos contra el uso del tabaco y ofrecen ayuda a quienes quieran dejarlo. Leemos tales mensajes, o algunos, cuando vamos a tomar la guagua de Global, mensajes que en definitiva nos vienen a decir: "Quiérete", "Cuídate" y que nos parecen de lo más razonables. Pasamos de largo pues no fumamos, preguntándonos a cuantas personas habrán apartado del uso del tabaco. Seguro, nos decimos, son muchas más de las que pueden contarse con los dedos de las dos manos. Lo cual es una victoria. Sin duda.
En el viejo barrio de Schamann en donde en su día construyeron 'casas baratas' que han sido hogar de muchos miles de schamaneros (y schamaneras), cerca de tales viviendas, es posible encontrar en estos días estivales unos oasis en los que pasar unos ratos buenos al resguardo del sol con el soco que proporcionan las plantas y las flores. Si además decimos que cuentan estos espacios con unos bancos cómodos comprenderán que los recomendemos para unos ratos dedicados a la meditación o a la somnolencia, o, mejor aún, al diálogo amigable si quien va allí cuenta con compañía que esas que tanto se aprecian.
La planta, redonda como una pelota y llena de púas, nos llama la atención casi siempre cuando vamos caminando al centro comercial. Hoy la llamada ha sido mayor, más exigente a la par que más dulce. En la planta hemos visto, como dos luceros, dos florecitas amarillas con fondo blanco y casi que nos detenemos junto a ella para siempre. Destacan las flores sobre la cabeza de la planta calva y arrugada mientras dan un color de vida en contraste con las púas muertas dispuestas en orden de combate a su alrededor.
En una esquina de una calle que tiene por nombre Castillo (en homenaje seguramente a una familia de tal apellido) muy cercana a las Casas Consistoriales, una lápida, de varios azulejos, nos dice que estamos, claro está, en la calle Castillo. Pero nos dice, y nosotros encantados por ello, algo más. Nos dice que antes era del Peso, de la Harina y Puertas. Y ello nos lleva a pensar en quienes vivieron antes de nosotros en esta ciudad nuestra. y los vemos atareados en cosas de sus quehaceres diarios. Y nos preguntamos cuántas veces entrarían ellos con sus carruajes y caballerías por los portalones de las casas que podemos aún hoy ver en los alrededores de esta esquina. Esquina ésta, quizás encantada.
Junto al obelisco que está en la plaza de igual nombre, hay, desde hace unos años, desde el 78 del siglo pasado hasta ahora, una lápida de mármol que lleva escrita con caligrafía que quisiera ser indeleble los párrafos primeros de nuestra actual Constitución. Junto a la lápida, delante, en sitio bien visible hay un pebetero que fue usado, suponemos, en aquellos años de fines de los setenta y principios de los ochenta, cuando, con el fervor de los conversos, iban políticos y público en general a dar señales de amor a la Constitución recién conseguida. No lo sabemos bien, pero nos da que, pues el tiempo no pasa en balde, aquellas muestras de cariño han desaparecido y que el pebetero no se enciende ni en la fecha señalada del 6 de diciembre de estos años que pasan, a estos efectos, sin pena ni gloria.