Don Domingo José Navarro nos dejó en sus Recuerdos de un Noventón perfectas imágenes literarias de la vida y costumbres de nuestros antepasados, de su tiempo. Pensamos en ello el otro día, cuando, yendo en la guagua, vimos iluminadas las dos farolas (una a cada lado) que están en la fachada del Cementerio del Puerto. Era ya tarde noche y las farolas tenían una luz amarilla -digamos que mortecina- en contraste a las luces blancas de la calle. Y entonces nos fuimos al libro, y encontramos que don Domingo nos compara lo por él vivido de joven y de mayor. Y al decirnos lo de tiempos pasados nos habla de la "pavorosa oscuridad de las vías públicas", y a su tiempo presente "del alumbrado completo de petróleo y en próxima realización el eléctrico". Buenas fotografías de viejos tiempos que nos llevan a imaginar cómo vivían nuestros bisabuelos y tatarabuelos en una ciudad pequeña, de tan sólo "ocho mil, treinta mil almas". Tan distinta a la gran urbe que habitamos hoy.
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La luna, la luna a la que llaman De Nieve se nos escapó entre las luces de las luciérnagas o más bien de la calle. Quisimos atraparla, y no pudimos. Y, por ello, nos ha quedado la pena de no lograrlo pues la hubiéramos traído aquí a ustedes, rotunda y bella, gran señora. Se escondió la luna tras una farola. ¿A quién temía? ¿Por qué no quería ser atrapada? La Luna de Nieve estaba en el cielo sola. Ni una estrella le hacía compañía. Ni tampoco le cantaron una copla.
En el barrio de Las Rehoyas, en el que dicen que quieren derribar las casas para hacer casas y barriada nueva, hemos visto un vistoso mensaje. Dice: "Viva la gente wuena". Ni más ni menos. Hasta con una doble uve haciendo la palabra más buena. Y pensamos, y ustedes pensarán lo mismo, que este mensaje no debe ser derribado ni derruido ni estropeado cuando las casas éstas -casas baratas- vayan al suelo. Porque es, o debiera ser, un mensaje que perdure siempre. Seguro es que la gente 'wena' se lo merece.
En el borde de un pequeño jardín, junto a una parada de guaguas, podemos ver unos hibiscos y en éstos nos encontramos casi a diario con unas cuantas lindas y sencillas flores. Por ello, ahora nos extraña el que estén estas plantas desnudas, sin flores, y nos decimos que seguramente se debe ello a los fríos que sentimos en estos días y no debemos estar muy desencaminados. Y nos quedamos amaguados y, para salir de la amargura, echamos mano a una fotografía tomada en jornadas no lejanas. En ella ustedes verán, como nosotros, una bonita flor rosada que parece sonreirnos aunque a lo mejor somos nosotros los que sonreímos al mirarla.
Las ramas, al sol de la tarde, nos saludaban. Era un día sin viento aunque frío. Aún no había llegado el invierno y el sol tardaría poco en ponerse. Nubes blancas parecían jugar en el azul suave del cielo. Embobados, permanecíamos admirando la quietud y la hermosura del árbol esperando sin saberlo la aparición fugaz de un pajarillo o más bien aun el trinar de algunos de ellos. Había paz mientras el día se iba. La Madre Naturaleza quería dormir y, mientras, Dios era con nosotros.
La pobre planta vive en un descampado o solar en el extrarradio de la ciudad, y, según nos parece, tan sólo recibe agua para su riego cuando llueve y el resto del tiempo está sin una manguera ni regadera que se acerque a ella para calmarle la sed. En ocasiones la planta revive y en su centro nos muestra unas como pelotas que, pensamos, es donde lleva ella las semillas que darán vida a otras plantas que serán, mucho nos tememos, pobres plantas también. A nosotros, qué le vamos a decir, nos ha ilusionado ver a ésta, rozagante y espléndida, aunque tan sólo sea por una vez. Quizá la naturaleza, compasiva, se ha apiadado de ella y la ha permitido vivir bien. O tal vez el hombre, por equivocación, la ha regado alguna vez.
La estrella, con un giro de su cuerpo hacia un lado luce como estrella caída. Ya no luce, al contrario, ahora es un estorbo en el parque que hay que quitar. Y de ello se ocuparán los obreros. La cogerán con miramientos, o con pocos miramientos, y la llevarán al almacén en donde se guardan las cosas de un año para otro. Como la Navidad. Porque la Navidad también la guardamos en el cuarto de los trastos con sus luces, ahora, con sus sombras. Y volverá la estrella dentro de un tiempo, tal vez, nuevamente, junto con muchísimas más estrellas de fantasía, a iluminar la ciudad. Nuestra ciudad. Y otras tantas ciudades del mundo mundial seguirán nuestro ejemplo de fraternidad o de vanidad.